transfiguracionWebLa escena de este segundo domingo de Cuaresma contrasta con la de una semana atrás. Entonces contemplábamos a Jesús en el desierto de Judea, asediado por tentaciones. Hoy, lo seguimos cuesta arriba en un monte de Galilea, situado en la ruta hacia Jerusalén, ciudad en que se verá sometido a las mayores tentaciones de su vida y a la prueba definitiva, la pasión y la cruz. Su paso por el sufrimiento hasta la muerte arrastrará a sus discípulos quienes, confrontados a su debilidad y a sus miedos, quedarán conmocionados y dispersos.

Jesús quiere prepararlos para lo que ha de venir. Sube al monte con algunos. Se trata de una experiencia que no todos sabrían encajar.
Consigo lleva a Pedro, quien lo presionó para que desechara el camino de la cruz; y también a Santiago y a Juan, los hermanos que soñaban con flanquearlo a la hora de la apoteosis mesiánica que ellos imaginaban para Jesús.

La escena está llena de símbolos: sobre la cumbre del Tabor, espacio propicio a las revelaciones de Dios, Jesús se transforma, llenándose de luz y transparencia. Se ve rodeado por Elías, el profeta que señalaría el inicio de los tiempos mesiánicos, y de Moisés, hombre que creció en la escucha de las revelaciones de Dios. Conversan con Jesús. Pero será la voz del Padre la que ponga un sello de garantía, confirmando a Jesús como el Hijo amado -algo que ya leímos en la escena del bautismo en el Jordán-, y como el único que merece ser escuchado.

Jesús toma aliento para su pasión y cruz en Jerusalén. Se prepara para su entrega venidera. Sin embargo, Pedro busca amarrarse al deleite ante lo que contempla y alejar la hora de retomar el temido camino de la cruz.

Ha sido un momento corto, fulgurante, intenso. De pronto, cuanto rodeaba a Jesús desaparece y solo lo ven a Él, lleno de paz ante la ruta tormentosa que se abre a sus pies. Reiniciado el descenso, los discípulos avanzan llenos de perplejidad. Pronto olvidarán lo vivido. Pero tras la pasión y la cruz, el Espíritu Santo revivirá en ellos el recuerdo de ese momento de gloria sobre el monte. El Hijo amado que presenciaron gloriosamente en el Tabor es el mismo cuya divinidad parece esconderse en el Calvario, mas su capacidad para responder al Padre es la misma en ambas circunstancias. En cruz y en gloria, es siempre el Hijo fiel y lleno de amor.

LA FE DE ABRAHAN
(Gn 22, 1-2.9-13.15-18)

Pidió Dios un don propicio
al patriarca Abrahán:
que en el país de Canaán
le entregase un sacrificio.
Muestra la fe y el servicio
con generosas acciones.
Seguro en sus decisiones,
Abrahán entregó a su hijo
y respondió al Dios que dijo:
yo quiero los corazones.

El Altísimo se apiada
y bendice a los creyentes
cuando le son obedientes
cumpliendo lo que le agrada.
Pues al fin de la jornada,
al abrir nuestra conciencia,
veremos con transparencia
que florece la bondad,
y Dios concede en verdad
numerosa descendencia.

      Hno. Jesús Bayo M., fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 12 de julio: XV del Tiempo Ordinario

 

Mt 13,1-23

“...este da y produce fruto...”.

Lunes:  Is 1,10-17 / Sal 50 (49) / Mt 10,34 al 11,1

“El que los recibe a ustedes, me recibe a mí...”.

Martes:  Is 7,1-9 / Sal 48 (47) / Mt 11,20-24

“iHasta el abismo te hundirás!”.

Miércoles:  Is 10,5-7.13-16 / Sal 94 (93) / Mt 11,25-27

“Todo me lo ha entregado mi Padre...”.

Jueves:  Is 26,7-9.12.16-19 / Sal 102 (101) / Mt 11,28-30

“...mi yugo es suave y mi carga ligera”.

Viernes:   Is 38,1-6.21-22.7-8 / Interl. Is 38 / Mt 12,1-8

“...quiero amor y no sacrifcios...”.

Sábado:   Miq 2,1-5 / Sal 10 (9) / Mt 12,14-21

“El los curó a todos...”.

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