Juan-2019-23La fiesta de la Santísima Trinidad es la segunda de tres celebraciones sobresalientes iniciadas el domingo pasado con Pentecostés, conmemoración del don del Espíritu Santo que hizo surgir a la Iglesia. La tercera festividad, próximo domingo, es la del Cuerpo y Sangre de Cristo, la más cristocéntrica de las tres, presencia entrañable de Cristo entregado en la cruz y en cada eucaristía. Entre ambas, Santísima Trinidad, la más expresiva y profunda del misterio de nuestra fe: pueblo que cree, vive para servir y se alegra de celebrar lo creído y vivido.

Nuestra vida como bautizados se desarrolla en ese ámbito que preside nuestra existencia: vivimos
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Así hablamos de Dios, con una afirmación escueta y preñada de la marca que deja en nuestras vidas y en la historia de la humanidad la experiencia de Dios que nos trasmitió Jesús. Lo afirmamos porque lo creemos, no porque lo sepamos explicar adecuadamente. El intento de cada generación eclesial por expresar esa fe siempre termina en alguna fórmula o discurso complejo, si no complicado. Es un misterio para vivirlo, más que para demostrarlo, menos aún discutirlo.

La mejor forma de evidenciar lo que decimos con Santísima Trinidad se da al sentirnos urgidos a entrar en una comunión más profunda con Dios por situaciones límites o problemáticas que piden discernimiento y lucidez. San Ignacio de Loyola, al afanarse por concretar las condiciones de vida y de trabajo apostólico de la familia religiosa que intentaba fundar, pasó semanas orando, celebrando misas y encomendándose a la Santísima Trinidad. Y esto lo hacía por una necesidad sentida: alcanzar lucidez para seguir y significar a Cristo pobre desde una orden que necesitaba institucionalizarse y contar con recursos y medios para servir eficazmente a los demás. En ese proceso, encontró consolación al imaginar a sus compañeros siguiendo a Cristo a su estilo, en suma pobreza. La presencia de la Santísima Trinidad lo confirmaba en lo discernido y lo llenaba de lágrimas incontenibles. No era una explicación del misterio, sino su vivencia.

Pongamos estos tiempos revueltos en las manos de la Santísima Trinidad. Que con la comunión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo la lglesia avance por esta ruta de la sinodalidad. Caminar con los demás nos mantendrá en la senda propia del pueblo de Dios en este siglo xxi.


La esperanza no defrauda
        (Rm 5, 1-5)
La fe nos justifica
con la paz y las gracias concedidas:
el Padre santifica
las almas elegidas
y las limpia con llamas encendidas.
Por Jesús alcanzamos
la caridad del Padre bondadoso,
y su gloria esperamos
al verlo victorioso
para abrazarnos como fiel esposo.

Nos sentimos seguros
en la angustia, en el gozo y el dolor,
pues se caen los muros
del odio y del rencor
cuando estamos en paz y sin temor.
Sembramos la paciencia,
en la prueba obtenemos esperanza,
florece el don de ciencia
y el Espíritu avanza
para darnos amor en su alianza.

Ora con la Palabra

 

Domingo 26 de junio: XIII del Tiempo Ordinario

 

Lc 9,51-62

“Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén (...) Te seguiré adonde vayas”.

Lunes:   Am 2,6-10.13-16 / Sal 50 (49) / Mt 8,18-22

“Sígueme”

Martes:  Am 3,1-8; 4,11-12 / Sal 5 / Mt 8,23-27

“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”

Miércoles: Hch 12,1-11 / Sal 34 (33) / 2Ti 4,6-8.17-18 / Mt 16,13-19

“Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos”.

Jueves:   Am 7,10-17 / Sal 19 (18) / Mt 9,1-8

“...la gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad ”

Viernes:  Am 8,4-6.9-12 / Sal 119 (118) / Mt 9,9-13

“No tienen necesidad de médico los sanos... ”

Sábado:  Am 9,11-15 / Sal 85 (84) / Mt 9,14-17

“¿Es que pueden estar tristes los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?”

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