Juan-13-31-35

Este domingo la liturgia sigue ayudándonos a entrar más hondo en la muerte y resurrección de Jesús, para comprenderlo a Él y para adentrarnos en el misterio de fecundidad y vida que nace de su abajamiento en la cruz y de su resurrección. Atravesó la tortura, la descalificación social y la expulsión definitiva de un mundo en el que no tenía cabida. Fue eliminado de manera ejemplar y pública para crucificar con él su doctrina y sus seguidores, y así paralizar al pueblo con el miedo.

La vida cristiana lleva dentro un componente de oposición, de contradicción, que casi siempre ha estado presente en la historia de la Iglesia. En la lectura de los Hechos vemos que Pablo decía a las primeras comunidades cristianas: “Hay que pasar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios” (Hch 14, 22). No era algo extraño para los seguidores de un crucificado, que introducían en la sociedad una manera nueva de creer y de vivir.

Jesús dice a sus discípulos después de la última cena: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en Él”. Tal vez los discípulos pensarían que, por fin, había llegado el momento esperado: una intervención de Dios triunfal, gloriosa, que situara a Jesús en su deslumbrante puesto de Mesías. Y Dios iba a intervenir, pero de una manera muy distinta, acompañando a Jesús en su descenso a los abismos de la muerte, en su amor comprometido por nosotros. El resucitado brota desde ese abismo, revelándonos la fuerza del amor que parecía devorado por la nada. Las amenazas que sufrió Jesús, las condenas amañadas de los tribunales, la burla pública por parte de un grupo manipulado delante de Pilato y la crucifixión final como un esclavo se convirtieron, al resucitar Jesús, en la mayor gloria de Dios. Esa gloria se manifiesta al morir al lado de los últimos y al resucitar desde el abismo.

El Hijo de Dios murió y resucitó por toda persona, con una vida nueva e indetenible. Tampoco hoy la gloria de Dios baja del cielo en un espectáculo mágico, nunca imaginado, sino que sube desde los abismos del amor comprometido por todos hasta la muerte. También hoy podemos contemplar abajo, en nuestra realidad, hasta ver esta gloria de Dios a nuestro lado.

Nueva tierra y nuevo cielo
       (Ap 21, 1-5)

Se observa el cielo nuevo
en una nueva tierra amanecida,
donde llega el relevo
de la ciudad perdida
con una nueva Sion esclarecida.
Cual novia engalanada,
envuelta entre nubes y clamores,
baja de su morada
hasta nuestros alcores
para aliviar al hombre sus dolores.

Enjugará las lágrimas
a este pueblo que sufre la aflicción y,
con acciones rápidas,
dará su absolución
transformando la culpa en compasión.
Ni llanto ni lamentos
ni muerte envuelta en luto, pena y duelo,
nos causarán tormentos,
pues tendremos consuelo
en esa nueva tierra y nuevo cielo.

Ora con la Palabra

 

Domingo 26 de junio: XIII del Tiempo Ordinario

 

Lc 9,51-62

“Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén (...) Te seguiré adonde vayas”.

Lunes:   Am 2,6-10.13-16 / Sal 50 (49) / Mt 8,18-22

“Sígueme”

Martes:  Am 3,1-8; 4,11-12 / Sal 5 / Mt 8,23-27

“¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”

Miércoles: Hch 12,1-11 / Sal 34 (33) / 2Ti 4,6-8.17-18 / Mt 16,13-19

“Tú eres Pedro, y te daré las llaves del Reino de los cielos”.

Jueves:   Am 7,10-17 / Sal 19 (18) / Mt 9,1-8

“...la gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad ”

Viernes:  Am 8,4-6.9-12 / Sal 119 (118) / Mt 9,9-13

“No tienen necesidad de médico los sanos... ”

Sábado:  Am 9,11-15 / Sal 85 (84) / Mt 9,14-17

“¿Es que pueden estar tristes los invitados a la boda mientras el novio está con ellos?”

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