MARCOS-71-8.14-15.21-23

Un refrán clásico dice: “La corrupción de lo mejor es lo peor que puede suceder”. Si miramos con detenimiento el siglo XX, con sus dos guerras mundiales y los campos de concentración que fueron fruto de las ideologías totalitarias, tenemos que dar la razón a  la antigua sabiduría greco-latina que produjo este adagio.

La religión como conjunto de prácticas que nos ayudan a entrar en comunión con Dios, tampoco es ajena a la tentación de olvidar  su propia finalidad. Ella puede corromperse y pasar por alto que el sentido original de las normas que propone es la vida plena del  ser humano cuando experimenta la salvación y el amor incondicional que Dios nos regala. No es extraño que “hombres religiosos” exijan a menudo el cumplimiento de estas normas a rajatabla, como si fueran fines en sí mismas y no medios para  alcanzar la salvación.

En el Antiguo Testamento los profetas alertaron continuamente al pueblo de Dios contra una santidad simplemente externa que sirve para justificar la injusticia y tranquilizar la propia  conciencia. Miqueas, por ejemplo, se pregunta cómo acercarse a Dios, si con grandes sacrificios o incluso con su propio hijo como ofrenda por su pecado. La respuesta es mucho más  sencilla y a la vez más desafiante: amar con ternura, defender la justicia y caminar humildemente con Dios (Miq. 6, 7-8). Es este el trasfondo que nos permite comprender la carta de  Santiago y el evangelio de hoy. La verdadera religión es ayudar al pobre en sus necesidades, o su equivalente, defender y promover la vida allí donde esté más amenazada. Purificar  objetos, pronunciar determinadas fórmulas litúrgicas o vestir de una manera específica nunca podrá ser el centro de la experiencia cristiana.

Ninguna práctica religiosa, costumbre humana o ley civil, por venerable que sea, puede ser tomada como absoluta sin referencia a la dignidad humana que pretende custodiar. La fe  cristiana tampoco es el nuevo conjunto de normas que ha sustituido la antigua ley para garantizarnos el camino al cielo sin preocuparnos por las dificultades de la tierra. Amar a Dios y  amar al hermano, con sus necesidades concretas, son dos caras de la misma moneda. Este mandamiento es la guía para la vida cotidiana y el antídoto contra la corrupción de la fe, el  tesoro nuestro más valioso que podemos ofrecer al mundo.


RELIGIÓN INTACHABLE
(St 1, 17-18.21b-22.27)

El apóstol Santiago
escribió que la fe desencarnada
tan solo es signo aciago,
no sirve para nada
y, por falta de acción, muere asolada.
Todos los beneficios
vienen del Padre de la Luz divina,
que deja sus indicios
en alma cristalina
de compromiso firme y peregrina.

Por propia iniciativa,
el Verbo eterno quiere hacer justicia:
su mano creativa
la salvación propicia
y pone al ser humano cual primicia.
Religión intachable
es visitar a huérfanos y viudas
con actitud amable,
y dar buenas ayudas
para aliviar tribulación y dudas.

Ora con la Palabra

 

Domingo 12 de septiembre: XXIV del Tiempo Ordinario

 

Mc 8,27-35

“...El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”

Lunes:  1 Tm 2,1-8 / Sal 28 (27) / Lc 7,1-10

“Al oír estas palabras, Jesús quedo admirado…”

Martes: Exaltación de la Santa Cruz
 
Nm 21,4b-9 o Fil 2,6-11 / Sal 78 (77) / Jn 3,13-17

“¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único…”

Miércoles:   1 Tm 3,14-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,31-35

“...la reconocen en su manera de actuar”

Jueves:   1 Tm 4,12-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,36-50

“...Tu fe te ha salvado, vete en paz”

Viernes:   1 Tm 6,2c-12 / Sal 49 (48) / Lc 8,1-3

“...iba recorriendo ciudades y aldeas predicando…”

Sábado:   1 Tm 6,13-16 / Sal 100 (99) / Lc 8,4-15

“...la guardan y, perseverando, dan fruto”

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