Juan-2019-2La pasión y muerte de Jesús fueron para los discípulos un dolor y un vacío que les quedaron marcados a sangre y fuego. El miedo a ser perseguidos y a vivir esos momentos en sus propias personas los mantuvo unidos, pero paralizados. Vivían “a puertas cerradas” y así seguirían hasta que el recuerdo de la causa de Jesús se extinguiera o apaciguara y pudieran salir.

Solo la presencia de Jesús resucitado logró arrancarlos de su encierro. No sabemos exactamente cómo vivieron esos momentos. Pero reconocemos que no sucedió por iniciativa de ellos, sino del Maestro, y que el resultado fue una paz profunda y un sentido de comunión viva con Él y entre ellos.

Jesús les entrega su paz y, a continuación, el Espíritu Santo. Así, la vivencia de una vida nueva se asienta en ellos, sellada por la presencia del Espíritu en sus corazones. Su unción hizo que todo lo que Jesús plantara en sus personas durante los años de vida apostólica compartida, aflorara, dejando atrás el dolor, el miedo, la culpabilidad y la parálisis. Pentecostés, la entrega del Espíritu, es el inicio de la nueva vida que Jesús había planteado a Nicodemo y que este veía como imposible.

La experiencia en el Espíritu del Señor resucitado es más que una sanación personal y grupal. Se trata de una verdadera comunión, una experiencia de discípulos vinculados por una fe compartida, e impulsados con un dinamismo nuevo, el de un amor que los proyecta al mundo que los rodea. Ahora comparten el ser una Iglesia en salida, de puertas abiertas.

La vida que inician de anuncio del Evangelio a los pueblos de su entorno los lleva por el mundo, por caminos diferentes, a Siria, Egipto, Grecia, Roma. Pero en todas sus rutas van abriendo una misma senda de hermandad, de gente buena, de un modo de vivir y proceder diferente, a la manera de Jesús, que a la vez cuestiona al mundo e inspira una nueva vida, un nuevo “orden”. Surge así la Iglesia católica, la que está “por donde quiera”, capaz de implantarse en cualquier cultura, de admitir en su seno múltiples diversidades sociales, al tiempo que crece y se diversifica siendo una en el amor y en el servicio que aprendió de su Señor: la Iglesia que discierne sus caminos porque lleva en sí el Espíritu que guió a Jesús.

Ora con la Palabra

 

Domingo 12 de septiembre: XXIV del Tiempo Ordinario

 

Mc 8,27-35

“...El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”

Lunes:  1 Tm 2,1-8 / Sal 28 (27) / Lc 7,1-10

“Al oír estas palabras, Jesús quedo admirado…”

Martes: Exaltación de la Santa Cruz
 
Nm 21,4b-9 o Fil 2,6-11 / Sal 78 (77) / Jn 3,13-17

“¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único…”

Miércoles:   1 Tm 3,14-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,31-35

“...la reconocen en su manera de actuar”

Jueves:   1 Tm 4,12-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,36-50

“...Tu fe te ha salvado, vete en paz”

Viernes:   1 Tm 6,2c-12 / Sal 49 (48) / Lc 8,1-3

“...iba recorriendo ciudades y aldeas predicando…”

Sábado:   1 Tm 6,13-16 / Sal 100 (99) / Lc 8,4-15

“...la guardan y, perseverando, dan fruto”

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