Mateo-2816-20Toda nuestra vida cristiana se fundamenta en la experiencia de la Santísima Trinidad. Cada vez que hacemos la señal de la cruz invocamos el nombre de Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y al mismo tiempo, actualizamos la fórmula de nuestro bautismo. Muchas veces repetimos este gesto automáticamente, sin pensar qué cambia en nuestra vida el creer que Dios se revela como una relación donde diversidad y unidad no compiten entre sí, sino que se apoyan mutuamente.

El misterio de la Santísima Trinidad está en el origen de la creación que salió de sus manos y es la meta de todo el universo, en especial, de los seres humanos. No es casual que la diversidad esté unida al surgimiento de la vida en la Tierra. Somos distintos en razas, culturas, gustos, religiones, ideas políticas, y así podríamos continuar hasta el infinito. De igual modo, sentimos el deseo de superar las distancias que nos separan y lograr la comunión entre todos. En un primer momento, la experiencia de la diversidad y el anhelo de unidad parecieran excluirse mutuamente y la única solución posible sería sacrificar uno de los dos para afirmar el otro.

La fe nos permite ver la realidad de otra manera: Dios uno y trino es la fuente de ambos impulsos y por eso podemos rechazar las tentaciones de imponer la uniformidad para cancelar las diferencias o aislarnos para hacer imposible la comunión.

Pablo nos recuerda en la primera lectura que los cristianos somos conscientes de dirigirnos a Dios como Abba -Padre-, movidos por el Espíritu y de la misma manera que lo hacía nuestro hermano Jesús. Esto es para nosotros un regalo y una tarea, como fue para Israel su elección entre todos los pueblos y la cercanía de Dios.

Llevar en nuestro interior el sello de la Trinidad no es simplemente un privilegio que nos inspira confianza, sino también la energía que nos capacita para convertir nuestra tierra en un espacio donde se cuide la diversidad y a la vez se busque, con el diálogo y el servicio fraterno, la comunión entre todos. Contamos en este camino con la cercanía del Señor resucitado que no nos abandona, hasta que lleguemos a la meta de ser uno sin necesidad de ser lo mismo, como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.


NUESTRO PADRE DIOS
    
(Rom 8, 14-17)

No tenemos temor
porque somos los hijos adoptivos
del único Señor
que da sus distintivos
para que los humanos estén vivos.
Jesús es plenitud
de todo cuanto existe y fue creado,
libra de esclavitud
y amarras de pecado
por ser Hijo y Señor resucitado.

El Espíritu Santo
nos da su testimonio de Unidad
y llena nuestro canto
de Gracia y de Verdad,
para honrar a la Santa Trinidad.
Los hijos verdaderos
con Cristo padecemos el suplicio,
pues somos herederos
de gloria y beneficio
viviendo con amor nuestro servicio.

Ora con la Palabra

 

Domingo 12 de septiembre: XXIV del Tiempo Ordinario

 

Mc 8,27-35

“...El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”

Lunes:  1 Tm 2,1-8 / Sal 28 (27) / Lc 7,1-10

“Al oír estas palabras, Jesús quedo admirado…”

Martes: Exaltación de la Santa Cruz
 
Nm 21,4b-9 o Fil 2,6-11 / Sal 78 (77) / Jn 3,13-17

“¡Así amó Dios al mundo! Le dio al Hijo Único…”

Miércoles:   1 Tm 3,14-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,31-35

“...la reconocen en su manera de actuar”

Jueves:   1 Tm 4,12-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,36-50

“...Tu fe te ha salvado, vete en paz”

Viernes:   1 Tm 6,2c-12 / Sal 49 (48) / Lc 8,1-3

“...iba recorriendo ciudades y aldeas predicando…”

Sábado:   1 Tm 6,13-16 / Sal 100 (99) / Lc 8,4-15

“...la guardan y, perseverando, dan fruto”

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