Marcos-117-1-10

 

Jesús acostumbraba -y aún lo sigue haciendo- plantear y marcar una diferencia en lo que decía y enseñaba, en lo que anunciaba y hacía. También su entrada en Jerusalén, al tercer año de su misión, la marcó. Podía haber entrado anónimamente, como un peregrino más, al frente de un grupo de acompañantes. O haberlo hecho con los signos de un caudillo decidido a visibilizar su voluntad de luchar y de ganar la sede de los poderes establecidos, el templo de Jerusalén y la Torre Antonia. Ni una ni otra: entró en un burro prestado, montura de gente trabajadora y de reyes llegados en son de paz. Tampoco llega solo, a lo Supermán. Lo hace con discípulos y discípulas, anunciando un Reino diferente de lo visto: ni las monarquías corruptas de los antiguos reyes de Israel, ni el poder imperial de una Roma acostumbrada a hablar con el puño de un ejército entrenado para invadir, ganar y anexionarse nación tras nación.

Entra como Príncipe de la Paz, entre gritos de bienvenida y bendiciones al que viene en nombre del Señor. No en busca de alzarse con el poder reunido en Jerusalén, para con él hacer el bien al pueblo. Tampoco como gran
sacerdote de una religión de perfectos, para establecer la Ley de Santidad, un régimen de pureza y observancia que deje fuera de juego al pecador sin recursos para comprar su salvación. Viene como cordero sin mancha de corrupción, libre de ambiciones, como el celebrante de la única liturgia a la que aspiraba el pueblo sencillo y humilde desde siglos atrás: hacer que la Ley de la Alianza con Dios, por la que se habían regido los amigos y amigas del Señor en el pasado, echara raíces por todo el país desde una nueva Jerusalén que dejara de matar profetas para por fn escucharlos y seguirlos.

Viene en son de paz, aunque para que la haya sea menester encarar los conflictos y desatar sus nudos, arrancar caretas que ocultan la realidad, proclamar la verdad para que retrocedan las mentiras, servir al precio que sea -lavando pies, dando la cara y perdonando hasta la cruz-, meterse por la entraña de la violencia y los pleitos generados por el mal para desarmarlos con una misericordia sin límites.

Es Semana Santa porque el Bien se hizo presente en el tiempo humano para sanarlo desde dentro.


HUMILDE Y SIN ALARDES
        (Flp 2, 6-11)
Sin alarde viniste,
oh Cristo, a nuestra tierra en
desventura,
y humillado te fuiste,
sumido en la amargura
de ver al pecador en su locura.
Te hiciste uno de tantos,
de baja condición y despojado
de túnicas y mantos,
y envuelto en el pecado
que tiene a nuestro mundo trastornado.

Clavado en el madero,
tu sangre derramaste hasta la muerte:
hombre y Dios verdadero,
con un amor tan fuerte
que al miserable en hijo lo convierte.
Vestido de victoria,
ya reinas junto al Padre, cual Señor:
“fuerza, poder y gloria,
alabanza y honor
tiene por siempre Cristo en el Amor”.

Ora con la Palabra

 

Domingo 18 de abril: III de Pascua

 

Lc 24,35-48

“...debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón...”.

Lunes:   Hch 6,8-15 / Sal 119 (118) / Jn 6,22-29

“...Él ha sido marcado con el sello del Padre”.

Martes:   Hch 7,51al 8,1 / Sal 31 (30) / Jn 6,30-35

“...Yo soy el pan de vida”.

Miércoles:  Hch 8,1-8 / Sal 66 (65) / Jn 6,35-40

“...yo lo resucitaré en el ultimo día”.

Jueves:   Hch 8,26-40 / Sal 66 (65) / Jn 6,44-51

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”.

Viernes:   Hch 9,1-20 / Sal 117 (116) / Jn 6,52-59

“El que coma este pan vivirá para siempre”.

Sábado:  Hch 9,31-42 / Sal 116 (115) / Jn 6,60-69

“...nadie puede venir a mí si no lo concede el Padre”.

Suscripción al boletín

Si desea recibir la publicación en formato digital, solicítelo a la dirección: vidacristianaencuba@gmail.com.