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El evangelio de hoy es parte del diálogo de Jesús con Nicodemo, el fariseo que lo visitó de noche. Este vivía en las seguridades del fariseísmo, pero, al no poder ignorar la novedad que transparentaba el Maestro, se acercó para palpar la verdad de su vida.

En la primera parte -que no se lee hoy (Jn 3, 1-13)- Jesús dialoga con Nicodemo de renacer, de pasar del desasosiego del observante puntilloso de la ley al caminar alegre del peregrino que, a la luz del amor de Dios, se descubre perdonado, salvado y sale a proclamar la gracia que lo va transformando.

En el texto de hoy, del diálogo se pasa a un discurso en que se va percibiendo el designio de Dios: qué lo ha movido a enviar a su Hijo al mundo y qué acogida encuentra. Lo llamativo es que esa venida no está presidida por una queja de Dios ante el mundo. El Hijo no viene a juzgar ni a condenar. Lo de Él es salvar, rescatar. Emplea su vida, no en “arreglar cuentas”, sino en convocar a los hijos e hijas de Dios dispersos para convencerlos de su amor.


La buena noticia no aparece como una disyuntiva en que tanto la salvación como la condena son dimensiones comparables de lo que Dios ofrece al ser humano. Su amor se muestra en aquella sobreabundancia de la gracia, aquel “exceso” de perdón de que habla san Pablo (Rom 5,20). La condena es obra y resultado del que rechaza el amor y opta por el regodeo de una soledad perfecta y estéril.

A la luz de ese amor que nos visita, podremos -como Iglesia y bautizados- discernir qué refleja más nuestra vida cotidiana: si ese amor empecinado en salvar al otro, o el juicio que arrincona al hermano, a la hermana, para llevarlos a la descalifcación. Nuestra tarea común debe dirigirse a suscitar en la comunidad y en su entorno signos claros de que la vida eterna, resucitada, que Jesús brinda, no es para mañana o para otra vida; ¡es para hoy! Ya ha comenzado en nosotros, entre nosotros, porque brota de la presencia de Jesús en medio de hermanos reunidos en su nombre, y se dirige al mundo. Es demostración del “tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único para que el mundo se salve”.

Ora con la Palabra

 

Domingo 18 de abril: III de Pascua

 

Lc 24,35-48

“...debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón...”.

Lunes:   Hch 6,8-15 / Sal 119 (118) / Jn 6,22-29

“...Él ha sido marcado con el sello del Padre”.

Martes:   Hch 7,51al 8,1 / Sal 31 (30) / Jn 6,30-35

“...Yo soy el pan de vida”.

Miércoles:  Hch 8,1-8 / Sal 66 (65) / Jn 6,35-40

“...yo lo resucitaré en el ultimo día”.

Jueves:   Hch 8,26-40 / Sal 66 (65) / Jn 6,44-51

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”.

Viernes:   Hch 9,1-20 / Sal 117 (116) / Jn 6,52-59

“El que coma este pan vivirá para siempre”.

Sábado:  Hch 9,31-42 / Sal 116 (115) / Jn 6,60-69

“...nadie puede venir a mí si no lo concede el Padre”.

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