Jn-91-41El pasado domingo fuimos testigos del encuentro de una samaritana con Jesús y del cambio que se operó en la agitada vida de esa mujer al descubrirlo como agua viva, capaz de saciar su sed de sentido. En este cuarto domingo de Cuaresma encontramos a un hombre, ciego de nacimiento que, por iniciativa de Jesús, es curado de su ceguera.

El proceso que vive este hombre, nacido y crecido en pobreza y en tinieblas, al ser curado, es un itinerario que irá desde el reconocimiento del don recibido hasta el descubrimiento de la identidad del desconocido que lo miró con misericordia y lo condujo a la luz. Contra viento y marea, interrogado y presionado para descalificar al que lo curó, el ex-ciego -sin nombre, ni identidad- ve cómo buscan manipular a sus padres para desvirtuar lo ocurrido. Finalmente, no logrará evitar verse llevado contra la pared para desprestigiar a Jesús. Ante la presión, el curado se aferra a su verdad: lo curó un tal Jesús y si le hizo ese bien, será porque es alguien de Dios. Sin conocer a Jesús, se atreve a confesarlo. La sociedad que lo marginaba por su discapacidad visual, aho-ra contempla cómo lo expulsan del seno de la sinagoga a fin de hacer de él un discapacitado espiritual, indigno de participar en una asamblea de fe.

Su situación de hombre perseguido y estigmatizado por hablar la verdad mueve a Jesús a buscarlo para invitarlo a llevar a término su itinerario de fe. “¿Crees en el Hijo del hombre?”. El curado aún no reconoce el rostro de quien lo interpela por su fe. Pero su voz y su misericordia lo confirman, no solo como quien lo curara, sino también como el que puede llenar su corazón con la luz de la verdad y de un amor desconocido. “Creo, Señor”.

El hombre postrado ante Jesús ha llegado a su destino humano y espiritual. Al reconocer la identidad de Jesús como Luz del mundo, se siente transido por una luz que no vislumbrara. Tras una vida de dificultades y una curación marcada por la persecución, el hombre se descubre plenamente sanado y, a la vez, ante el camino de una vida acompañada. Su alegría es perfecta.Ha peregrinado trabajosamente de las tinieblas a la visión y ahora, sanado, conoce, además, quién es la Luz de su vida.

    EL REY DAVID   
  (1 Sam 16, 1-3)
Como ancestro del Mesías
y del tronco de Jesé
un pastor elegiré
que tiene mis simpatías.
Cantará todos los días
con las demás creaturas.
Irá por sendas oscuras
a causa de su pecado,
pero estaré yo a su lado
para cortarle ataduras.
Ese joven victorioso
es David, rey de Israel,
consagrado por Samuel
con ungüento esplendoroso.
Fue valiente y generoso
porque Dios iba adelante.
Pudo vencer al gigante
con su honda de pastor,
al fiarse del Señor
en la oración suplicante.

   Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 12 de julio: XV del Tiempo Ordinario

 

Mt 13,1-23

“...este da y produce fruto...”.

Lunes:  Is 1,10-17 / Sal 50 (49) / Mt 10,34 al 11,1

“El que los recibe a ustedes, me recibe a mí...”.

Martes:  Is 7,1-9 / Sal 48 (47) / Mt 11,20-24

“iHasta el abismo te hundirás!”.

Miércoles:  Is 10,5-7.13-16 / Sal 94 (93) / Mt 11,25-27

“Todo me lo ha entregado mi Padre...”.

Jueves:  Is 26,7-9.12.16-19 / Sal 102 (101) / Mt 11,28-30

“...mi yugo es suave y mi carga ligera”.

Viernes:   Is 38,1-6.21-22.7-8 / Interl. Is 38 / Mt 12,1-8

“...quiero amor y no sacrifcios...”.

Sábado:   Miq 2,1-5 / Sal 10 (9) / Mt 12,14-21

“El los curó a todos...”.

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