Juan-4-5-42


Sin agua no podemos vivir. Jesús, sentado al borde del pozo, siente el cansancio del camino y el calor de mediodía. Espera que alguien venga a sacar agua. Cuando llega la mujer samaritana, le pide el agua que para Él es inaccesible y solo puede recibirla como un regalo, porque no tiene ni cuerda ni cubo. Al mismo tiempo, le explica Jesús que existe otro pozo, otra sed y otra agua, necesarios si queremos darle otro sabor a la vida y no vagar de un lado para otro, permanentemente sedientos e insatisfechos.

“Bebe a chorros de tu pozo” (Prov 5,6).Esta enseñanza del libro de los Proverbios ha sido retomada con frecuencia a lo largo de la vida de la Iglesia. En nuestra propia hondura mana el agua. Es la presencia del Espíritu. Se dirige a cada uno de nosotros respetando y alimentando la propia originalidad. Como le dice Jesús a la samaritana, yo te daré un agua que brota dentro de ti dando vida eterna. Cuando se bebe esa agua, que satisface las necesidades más hondas de la vida humana, toda la persona se unifica por dentro y, al mismo tiempo, orienta todas sus actividades para crear en su entorno vida definitiva que nunca pasará.

No siempre es fácil hacer el camino que nos lleva hasta ese pozo interior. Muchos estímulos llegan a nuestros sentidos reclamando nuestra atención y prometiéndonos el Paraíso. Nos entretienen y nos distraen, pero no pueden ofrecernos al agua que solo podemos beber cuando bajamos hasta la propia hondura. El Espíritu nunca se va de nosotros, ni deja de manar el agua de la vida, pero solo bebemos pequeños sorbos de vez en cuando, en momentos especiales. Podemos llevar ese pozo lleno de piedras y de lodo, de heridas mal curadas que nos distorsionan, de aspiraciones y expectativas que han entrado dentro de nosotros y nos contaminan.

No podemos decir que estamos excluidos. Jesús estaba en tierra hostil, los samaritanos no vivían la religión como los judíos y la mujer arrastraba una vida afectiva desgarrada. A ella y a toda persona nos ofrece Jesús el agua de la vida verdadera. Ninguna lejana exhortación a convertirnos puede sustituir el encuentro con la persona de Jesús, expresión cercana y cálida de esa vida definitiva que llena de encanto cada uno de sus gestos y palabras.

 

UN PUEBLO ASEDIADO
      (Ex 17, 3-7)
Sufre sed en el desierto
y murmura descortés
el pueblo contra Moisés
porque vive en desconcierto.
Pero el Señor, con acierto,
ha señalado el cayado:
¿Acaso no han golpeado
con esa vara las olas?
Entonces, ¿las peñas solas
verán que el agua ha manado?

Dios a su pueblo modela
con amargura en Masá,
y el agua de Meribá
le ofrece como tutela.
El Señor siempre consuela
a los tristes y angustiados.
Nunca seremos probados
hasta morir de abandono,
porque tendremos patrono
cuando estemos asediados.

Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

 

Jn 20,1-9

“...iÉl ‘debía’ resucitar de entre los muertos!”.

Lunes:  Hch 2,14.22-33 / Sal 16 (15) / Mt 28,8-15

“...No tengan miedo”.

Martes:  Hch 2,36-41 / Sal 33 (32) / Jn 20,11-18

“...He visto al Señor y me ha dicho esto”.

Miércoles:  Hch 3,1-10 / Sal 105 (104) / Lc 24,13-35

“...Es verdad: el Señor ha resucitado...”.

Jueves:  Hch 3,11-26 / Sal 8 / Lc 24,35-48

“Miren mis manos y mis pies: soy yo”.

Viernes:  Hch 4,1-12 / Sal 118 (117) / Jn 21,1-14

“Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió”.

Sábado:  Hch 4,13-21 / Sal 118 (117) / Mc 16,9-15

“...anuncien la Buena Nueva a toda la creación”.

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