Mt-4 12-23

La tierra de Israel, en tiempos de Jesús, era un territorio tripartito: al sur, Judea, provincia de fe rancia y observancia puntillista de la Ley; al centro, Samaria, tierra de los despreciados por haber corrompido su fe; al norte, Galilea, región fértil y productiva, de religiosidad ambigua.

Jesús, cuyo bautismo y primeros pasos en Judea contemplamos en los domingos precedentes, oye que Juan Bautista ha sido encarcelado y regresa apresuradamente a Galilea. Pero no a las montañas de Nazaret, donde había crecido; se establece en Cafarnaún, pueblo junto al lago de Genesaret. Su presencia en ese pueblo y sus alrededores signifca para Mateo -el evangelista- la realización de una bella profecía de Isaías acerca de la luz que estalla sobre el pueblo sumergido en la oscuridad y la desesperanza. Ahí, donde en medio de la pobreza se vivía la fe como un cachumbambé de rutinas resignadas y ritos sincréticos, de pronto, aparece Jesús anunciando
el Reino.

Ante este anuncio lleno de inminencia, solo cabe una conversión, un cambio radical de visión de la vida y un vuelco del corazón: pasar de la indolencia a la transformación interior. Un abrir la casa al Dios que se acerca para retomar el diálogo con su pueblo, que parecía sepultado por el peso de los siglos y de rituales, sin historia. Momento de expectativa, aunque aún no de esperanza.

Apenas presentada la invitación a la conversión, Jesús empieza a reunir discípulos en torno a sí. El llamado a los primeros -Pedro y Andrés, Santiago y Juanmuestra que la conversión se hace tangible y
se verifica en el seguimiento. Una conversión al Reino de Dios que no desemboque en seguimiento de Cristo no pasa de un sentimiento superfcial, que bajo el ropaje de lo devoto se resiste a cambiar el paso existencial y la visión de la vida.

En este primer mes del año y en los días en que las Iglesias cristianas del mundo entero -católicos, protestantes y ortodoxos-, a pesar de siglos de alejamiento y confrontación, se dedican a recordar lo que tienen en común y a orar por una comunión fraternal  entre todos, veamos a Cristo que pasa entre nosotros anunciando el Reino y buscando quien ofrezca su persona y sus dones para
convertirse en esa buena noticia que, más que palabras, es una vida nueva, diferente, inédita
.

GALILEA DE LOS GENTILES
       (Is 8,23 al 9,3)
Galilea de los gentiles,
por el camino hacia el mar
una luz viene a alumbrar
el pueblo en tinieblas viles.
No habrá naciones hostiles
si te ilumina el amor;
la vara del opresor
no quebrará tu alegría
porque amanece ya el día
con el sol libertador.


¿Por qué habremos de temblar,
si tenemos su presencia
y contamos con la ciencia
que ilumina nuestro andar?
Juntos podremos gozar
cuando estemos a su mesa
Él cumplirá su promesa
de guiar nuestros caminos,
mientras somos peregrinos
al servicio de su empresa.

Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 23 de febrero: VII del Tiempo Ordinario

 

Mt 5,38-48

“...Él hace brillar su sol sobre malos y buenos...”.

Lunes:  St 3,13-18 / Sal 19 (18) / Mc 9,13-28

“...lo tomó de la mano y le ayudó a levantarse...”.

Martes:  St 4,1-10 / Sal 55 (54) / Mc 9,29-36

“...El Hijo del Hombre va a ser entregado…”.

Miércoles de Ceniza:  Jl 2,12-18 / Sal 51 (50) / 2 Co 5,20 al 6,2 / Mt 6,1.6.16-18

“...tu Padre que ve en lo secreto, te premiará”.

Jueves:  Dt 30,15-20 / Sal 1 / Lc 9,22-25

“...Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo...”.

Viernes:  Is 58,1-9a / Sal 51 (50) / Mt 9,14-15

“Llegará el tiempo en que el novio les será quitado...”.

Sábado: Is 58, 9b-14 / Sal 86 (85) / Lc 5,27-32

“No he venido para llamar a los buenos...”

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