Jn1 1-18Nos dice la carta a los Hebreos que Dios habló de muchas maneras a nuestros padres, pero en estos últimos tiempos lo hizo por su Hijo. Dice un refrán que las palabras se las lleva el viento. Dios quería que su palabra definitiva tuviera tal densidad que no pudiera ser olvidada.

El evangelio que escuchamos este domingo es el del prólogo del evangelio de San Juan. Es una mirada que se remonta a la eternidad del mismo Dios. En el principio, dice San Juan, existía la Palabra, que estaba junto a Dios y que era Dios. Es una palabra creadora. Todo fue hecho por ella y nada se sostiene sin ella. En la Palabra había vida y esa vida es la luz que ilumina a todos los seres humanos.

Además de ser una palabra creadora, Dios da un paso inesperado en su comunicación con nosotros. La Palabra eterna de Dios va a entrar en la historia humana en un acercamiento impensable para la religión judía. El Dios al que no podíamos nombrar, el Dios que está siempre más allá de nuestros conceptos y  nuestra comprensión, ha hecho oir su Palabra con acentos que podemos reconocer.

Al entrar en esta historia nuestra, la Palabra de Dios se expuso a no ser recibida. “Vino a los suyos y los suyos no la recibie
ron”. Para poder entrar en nuestro mundo, la Palabra eterna de Dios se hizo carne. De tanto repetir esas palabras, hemos perdido el impacto tremendo que representó para los israelitas la unión el Dios trascendente con nuestra carne.

San Juan usa una expresión preñada de sentido y de ternura. Esta Palabra hecha carne puso su tienda de campaña entre nosotros. Se hizo compañero de nuestras luchas, de nuestras alegrías y tristezas, de nuestros sueños y esperanzas. No nos habló desde la montaña sagrada ni desde el cielo. Caminó hombro con hombro con nosotros. Se sentó a nuestra mesa. Se acercó a todos, especialmente los más pequeños y vulnerables. No se distanció con desprecio de los pecadores, de las prostitutas, de los más despreciados de sus semejantes. Fue particularmente cercano a la mujer, tan poco reconocida como persona de igual
dignidad que el hombre.

Este tiempo de Navidad nos recuerda lo tan dramáticamente en serio que Dios tomó nuestra realidad. De la Encarnación para acá, es imposible no tropezarse con un Dios que puso su tienda de campaña junto a las nuestras.


Décima para la Epifanía

BRILLA SU ESTRELLA
     (Is 60, 1-4)
La luz de Dios aparece
con la estrella de Belén,
y brilla Jerusalén
cuando su gloria amanece.
¿Por qué este signo acontece
cuando Dios se manifesta?
Tres sabios dan su respuesta
y regalan su tesoro
de mirra, incienso y oro:
celebremos hoy su fiesta.


 Fiesta de la Epifanía:
se alegran los corazones
y descubren las naciones
que Dios es nuestra alegría.
El indigente confía
en el Niño Salvador.
Tiene el orbe un protector
que con su paz nos gobierna,
y su mirada fraterna
irradia divino amor.

   Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 26 de enero: III del Tiempo Ordinario

 

Mt 4,12-23

“La gente que vivía en la oscuridad ha visto una luz muy grande...”.

Lunes:  2 Sm 5, 1-10 / Sal 89 (88) / Mc 3,22-30

““...se les perdonará todo a los hombres...”.

Martes:  2 Sm 6,12b-15.17-19 / Sal 24 (23) / Mc 3,31-35

“…¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”.

Miércoles:  2 Sm 7,4-17 / Sal 89 (88) / Mc 4,1-20

“...se les ha dado el misterio del Reino de Dios...”.

Jueves:  2 Sm 7,18-19.24-29 / Sal 132 (131) / Mc 4,21-25

“...al que produce se le dará más...”.

Viernes:  2 Sm 11,1-4ª.5-10ª.13-17 / Sal 51 (50) / Mc 4,26-34

“La tierra da fruto por sí misma...”.

Sábado:  2 Sm 12,1-7ª.10-17 / Sal 51 (50) / Mc 4,35-41

“¿Todavía no tienen fe?”.

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