Mt1 -18-24

 

A la cuarta semana de Adviento, que empezamos hoy, casi siempre le quitan días. Este año, por obra y gracia del almanaque, la Navidad llegará en tres días, el miércoles 25; pero, en realidad, ya entraremos en esa hermosa etapa del año pasado mañana, en la Nochebuena, cuando volveremos a cantar el Gloria.

El 4º domingo de Adviento es el umbral de la escena del nacimiento de Jesús. Siempre presenta un  evangelio relacionado con su encarnación. El año pasado contemplábamos el encuentro de María con Isabel, ambas felices por la gracia que Dios les había hecho. Y el antepasado, en que la cuarta semana duró ¡medio día!, escuchamos el primer anuncio de la encarnación, las palabras del ángel Gabriel a María: ¡llena de gracia!

El evangelio de este año nos presenta la encarnación de Jesús desde la perspectiva de José. Es un relato luminoso sobre la duda y confusión que él experimentó en momentos en que la decisión
menos mala que rondaba su corazón era abandonar calladamente a María y así poner fn a una historia hermosa que había terminado por llenar su vida de amargura.

Mateo presenta la aparición del ángel a José en sueños para darnos a entender que es Dios mismo quien toma la iniciativa de hablarle, sacarlo de la confusión y darle a conocer su plan de salvación. De ese momento de revelación, José saldrá consolado y deseoso de compartir la dicha de María, decidido a asumir la tarea que Dios pone en sus manos. Su misión y la de María se enlazan en la persona del niño que ella lleva en su vientre y que, en su pequeñez humana, unas cuantas libras y pocos centímetros, representa la grandeza de Dios con nosotros.

El anhelo del profeta Isaías
-¡Destilen, cielos, y que las nubes derramen al justo, ábrase la tierra, y brote el Salvador!- se vuelve realidad y el pueblo que caminaba en tinieblas está a punto de ver la luz sobre la historia de su tribulación. Es una promesa demasiado grande para nuestras manos y para nuestra mente.  Pero así hace Dios las cosas: encontrar una manera de estar con nosotros -¡como nosotros!- sin forzarnos a reconocerlo, a acogerlo. Dios pone su tienda entre nosotros sin violar el espacio de nuestra libertad y se ofrece con rasgos de niño a punto de nacer a nuestra fe. ¡Oh, feliz culpa!

Divisor-nuevo-décima-Navida

       EL NIÑO EMMANUEL
          (Is 7, 10-14)
   No pidió Acaz la señal,
   pero el Señor se la dio:
   el Mesías descendió
   como rocío al rosal.
   Por redimir al mortal
   la Virgen ha concebido.
   Así Dios se ha convertido
   en un hijo de Israel,
   al que llamamos Manuel,
   que a nuestra tierra ha venido.

   El Niño la tierra llena:
   el que no cabe en el cielo,
   para traernos consuelo,
   fue rocío de azucena.
   Asumió carne terrena,
   y es de sustancia divina.
   Su belleza nos fascina,
   como su madre doncella,
   radiante como una estrella
   que a los hombres ilumina.

   Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 31 de mayo: Solemnidad de Pentecostés

 

Jn 20,19-23

“...sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo...”.

Lunes: Santa María, Madre la Iglesia
 
Hch 1,12-14 / Interl. Jdt 13,18bcde.19 / Jn 19,25-27

“..ánimo, yo he vencido al mundo”.

Martes:  2 P 3,12-15a. 17-18 / Sal 90 (89) / Mc 12,13-17

“...a Dios, lo que corresponde a Dios”.

Miércoles:  2 Tim 1,1-3.6-12 / Sal 123 (122) / Mc 12,18-27

“...no es un Dios de muertos, sino de vivos”.

Jueves: Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote 
Gn 14,18-20 / Sal 110 (109,1.2.3.4) /1 Co 11,23-26 / Lc 9,11b-17

“Todos comieron hasta saciarse”.

Viernes:  2 Tim 3,10-17 / Sal 119 (118) / Mc 12,35-37

“Mucha gente acudía a Jesús...”.

Sábado:  2 Tm 4,1-8 / Sal 71 (70) / Mc 12,38-44

“...no tenía más, y dio todos sus recursos”.

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