Mt-3 1-12El evangelio de Mateo, que leeremos en los domingos de este año, presenta en sus dos primeros capítulos los inicios de la vida de Jesús, su infancia.

En el tercero, treinta años después, aparece Juan, hijo de Zacarías, junto al río Jordán. Desde cierto tiempo atrás, su voz de profeta conmociona a Israel, tiempo antes de que Jesús se diera a conocer. Juan habla con la urgencia de Dios que anuncia su paso en medio de su pueblo, que ya no reclama ofrendas de frutos y animales, sino la entrega sin reservas ni mediaciones del corazón.

La vida austera de Juan habla por sí misma. Más que invitar, su persona apremia a la conversión, a un cambio radical en el modo de vivir y proceder. Su tono suena amenazante por el peso de la urgencia escatológica que arrastra: el Señor viene. Y su venida no suena a la repetición machacona de un predicador callejero. Habla del Dios de Abraham, de Isaac y Jacob, que atravesó por entre las casuchas de los hebreos en Egipto, apurándolos a abandonar de una vez y por todas la casa de esclavitud y a poner pie definitivamente en una nueva tierra de la libertad; una ocasión excepcional, una
Pascua irrepetible.

Juan vive lo inédito del momento. Dios ha dejado su grandeza inaccesible y se presenta en medio de su pueblo, no como un mero episodio que invita a tomar nota, sino como Él mismo, en la persona de su Hijo, con consecuencias defnitivas. El hacha puesta a la base del tronco de que habla Juan lleva a imaginar la caída inminente del árbol que no supo alterar su manera de vivir. Quien no sea capaz de reorientar su vida, de cambiar el paso calmado de las rutinas por las zancadas de un corredor, quedará atrás, relegado a la historia de un tiempo envejecido, que no quiso hacer espacio a la urgencia de la conversión y de la  penitencia.

Dios pasa entre nosotros, invitándonos a sumarnos al grupo de discípulos que acompaña a su Hijo mientras riega la Buena Noticia. No vamos sueltos, desarticulados, sino como pueblo convocado por el Adviento, en  comunión y abiertos a la salvación que
ad-viene para ofrecerse a todos. Dios nos llama a entrar en su camino, a ser uno con el Emmanuel, el Niño Dios que quiere morar entre nosotros. ¿Vamos con Él?

Ora con la Palabra

 

Domingo 26 de enero: III del Tiempo Ordinario

 

Mt 4,12-23

“La gente que vivía en la oscuridad ha visto una luz muy grande...”.

Lunes:  2 Sm 5, 1-10 / Sal 89 (88) / Mc 3,22-30

““...se les perdonará todo a los hombres...”.

Martes:  2 Sm 6,12b-15.17-19 / Sal 24 (23) / Mc 3,31-35

“…¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”.

Miércoles:  2 Sm 7,4-17 / Sal 89 (88) / Mc 4,1-20

“...se les ha dado el misterio del Reino de Dios...”.

Jueves:  2 Sm 7,18-19.24-29 / Sal 132 (131) / Mc 4,21-25

“...al que produce se le dará más...”.

Viernes:  2 Sm 11,1-4ª.5-10ª.13-17 / Sal 51 (50) / Mc 4,26-34

“La tierra da fruto por sí misma...”.

Sábado:  2 Sm 12,1-7ª.10-17 / Sal 51 (50) / Mc 4,35-41

“¿Todavía no tienen fe?”.

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