Lucas18 -9-14En su camino a Jerusalén, Jesús encuentra a muchas personas. A unas, necesitadas, les responde con misericordia. A otras, que requieren enseñanza, les habla desde el corazón con parábolas. El domingo pasado nos invitaba a orar sin desanimarnos. Hoy nos indica otra condición necesaria para presentar a Dios en la oración: una sincera humildad.

Dos hombres acuden al templo a orar. El primero es fariseo, que supuestamente toma en serio su condición de creyente. De pie, da gracias, pero su agradecimiento no refere los dones recibidos de Dios. Su oración gira en torno a sí. El templo y la presencia de Dios se reducen a ser el marco en que él despliega su
yo: contempla sus medallas y celebra sus méritos. Su monólogo -que no oración- es el espejo en que admira su perfección y de donde mana un profundo desprecio hacia el pecador. Termina y sale sin haber sido justifcado, dice Jesús. Su discurso no ha llegado a Dios. Su bendición no lo acompaña. Estuvo en el templo, pero no llegó a estar con Dios.

Lo sorprendente es que, según Jesús, el otro hombre, el que ora al fondo, sí sale
justifcado. Llega con las  manos vacías, sin nada que presentar a Dios: ni méritos, ni status en la comunidad de fe, ni rango en la sociedad. Se sabe despreciado por los demás a causa de los abusos de su oficio de recaudador de impuestos y no cae en el cinismo de reírse de sus pecados y celebrar sus crecientes ingresos. Se queda atrás, sin osar acercarse al espacio en que la presencia de Dios parece hacerse más densa. Se reconoce pecador y solo sabe remitirse a su misericordia. Se yergue de su miseria espiritual con el deseo de tocar la misericordia del Señor. Y es escuchado: vuelve a su casa adolorido por haber abusado del pobre y en paz con Dios.

Lo propio de la oración es la conversación humilde y agradecida a Dios. La oración de arrepentimiento pide perdón y confía en él. La oración de agradecimiento –si es auténtica- canta los favores que Dios hace al pobre y al pecador. En una y otra hay una sincera humildad, un presentarse a Dios con las manos vacías y el corazón lleno de esperanza. En la oración no tengo nada, pero todo lo espero. Sé de quién me he fiado.


LA ORACIÓN DEL POBRE
 (Sir 35, 12-14.16-18)

Si a Dios clama el afligido,
Él lo escucha y lo libera,
pues nunca deja en la vera
del camino a un oprimido.
El Señor oye el gemido
del pobre y del humillado.
Huérfano desconsolado,
madre viuda y solitaria,
tendrá ayuda solidaria
del Dios que los ha creado.


El Señor hace justicia
y nos concede perdón
si tenemos compasión
del que ofendió con malicia.
Nos darán buena noticia
las oraciones constantes
de los pobres anhelantes
y del humilde abatido,
que se muestra arrepentido
con los ojos suplicantes.

Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 10 de noviembre: XXXII del Tiempo Ordinario

 

Lc 20,27-38

“Él no es Dios de muertos, sino de vivos, y todos viven por Él”.

Lunes: Sb 1,1-7 / Sal 139 (138) / Lc 17,1-6

“...si se arrepiente, perdónalo”.

Martes:  Sb 2,23 al 3,9 / Sal 34 (33) / Lc 17,7-10

“...Somos servidores no necesarios...”.

Miércoles:  Sb 6,1-12 / Sa 82 (81) / Lc 17,11-19

“...Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Jueves:  Sb 7,22 al 8,1 / Sal 119 (118) / Lc 17,20-25

“...antes tiene que sufrir mucho y ser rechazado...”.

Viernes:  Sb 13,1-9 / Sal 19 (18) / Lc 17,26-37

“El que intente guardar su vida la perderá...”.

Sábado:  Sb 18,14-16; 19,6-9 / Sal 105 (104) / Lc 18,1-8

“...les hará justicia, y lo hará pronto”.

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