Lc18 1-8
Jesús enseña a sus discípulos a orar siempre, sin desanimarse. Orar es comunicarse con Dios desde la hondura de nuestro corazón. Ciertamente podemos expresarle nuestros deseos, que nos ayude a resolver pequeños problemas de cada día, o situaciones trascendentales que van a marcar nuestra vida para siempre.

Lo seguro es que Él nos quiere dar mucho más de lo que nosotros acertamos a pedir. Los pequeños o grandes dones que vamos recibiendo a lo largo de los días son una señal que nos lleva a levantar los ojos hacia el rostro que extiende la mano hasta nosotros. No salimos corriendo como un animalito que se va a su rincón para disfrutar él solo la comida que le damos. Dios no se limita a darnos cosas. Se quiere dar Él mismo.

Cuando nosotros amamos mucho a una persona, la llevamos constantemente en el corazón. Cualquier detalle nos la recuerda.No solo le hablamos cuando la vemos, sino que, cuando no está presente, la imaginamos e incluso le dirigimos palabras bellas que quisiéramos decirle, y ensayamos los abrazos.

Hay momentos en los que nosotros nos dedicamos expresamente a orar. Dejamos
las actividades y nos quedamos solos ante el misterio de Dios para un encuentro de la máxima cercanía. Nos dirigimos a Él de muchas formas, como Él también se expresa ante nosotros con palabras diferentes o silencios con todos los matices. Decimos una oración como el “Padre nuestro” o repetimos muchas veces su nombre como si quisiéramos que se nos tatuase para siempre en la piel del corazón. Contemplamos una imagen del Evangelio y nos detenemos hasta que nos vaya revelando todo su secreto, o nos contentamos con una palabra suya que nos alegra y nos fortalece con un sabor de vida nueva.

Cuando las tareas comunes de la vida, en el hogar y en el trabajo, en las actividades o en los encuentros absorben toda nuestra atención, no las interrumpimos para dirigirnos a Dios. No es necesario. Si Dios está en nuestro corazón, desde el centro de nuestra persona manará constantemente el sentido y el sabor de lo que hacemos, un amor que no excluye a nadie, ni menosprecia a ninguna de las pequeñas creaturas que encontramos.Entonces comprendemos que Dios está siempre en nosotros y nosotros estamos en su corazón.
Oramos siempre, en el trabajo y en la soledad.

EL AUXILIO DEL SEÑOR
       (Ex 17, 8-13)
Cuando Amalec atacó
a la nación de Israel,
luchó el pueblo contra él
y Josué lo venció…
Mas, su victoria logró
por la constante plegaria.
Que la batalla es contraria
si Moisés baja las manos,
pero vencen sus hermanos
con la oración voluntaria.


Quien reza perseverante,
con humildad y esperanza,
en Dios pone su confanza
y se mantiene constante.
El Señor va por delante
y conoce nuestros males.
Siempre tendremos señales
del cariñoso consuelo
que colmará nuestro anhelo
con sus gracias celestiales.

Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 10 de noviembre: XXXII del Tiempo Ordinario

 

Lc 20,27-38

“Él no es Dios de muertos, sino de vivos, y todos viven por Él”.

Lunes: Sb 1,1-7 / Sal 139 (138) / Lc 17,1-6

“...si se arrepiente, perdónalo”.

Martes:  Sb 2,23 al 3,9 / Sal 34 (33) / Lc 17,7-10

“...Somos servidores no necesarios...”.

Miércoles:  Sb 6,1-12 / Sa 82 (81) / Lc 17,11-19

“...Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Jueves:  Sb 7,22 al 8,1 / Sal 119 (118) / Lc 17,20-25

“...antes tiene que sufrir mucho y ser rechazado...”.

Viernes:  Sb 13,1-9 / Sal 19 (18) / Lc 17,26-37

“El que intente guardar su vida la perderá...”.

Sábado:  Sb 18,14-16; 19,6-9 / Sal 105 (104) / Lc 18,1-8

“...les hará justicia, y lo hará pronto”.

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