Lc--13 22-30La complejidad del presente nos hace selectivos. Las dificultades para aprovisionarnos y asegurar lo perentorio aceleran la vida. Apurados, sin tiempo para detenernos, nos volvemos pragmáticos e individualistas, ávidos de resultados rápidos y provechosos.

De camino a Jerusalén, Jesús toma tiempo para compartir con la gente. A su paso, ningún discípulo se queda atrás, ningún interesado es desatendido. Va enseñando: anuncia la Buena Noticia y hace entender cómo acogerla y entrar en su dinámica de salvación.

La pregunta de un oyente sobre el número de los que se salvarán da pie para enseñar. Salvarse no es cosa de fechas ni de cifras. Tampoco es saber cómo hacerlo. No se resuelve con “ponerse” signos de salvación, cómo vestir o por dónde andar. No basta con apuntarse en el grupo del salvador o de quienes se tienen por salvados. Ni siquiera con sentarse a la mesa del Maestro. Puedo vivir con la nariz metida en la Biblia o  comulgar “desde chiquito”, sin haber dado con el camino. Como el Reino de Dios no tiene carnet de identidad ni pasaporte, tampoco da ni exige visas. Ante el portero, me identifican mi rostro y mi corazón, lo que soy, lo que he vivido.

La invitación al Reino es para todos y todas. Es un regalo impagable. No tengo con qué comprarlo, pero nada me exime de poner mi parte. No hay procedimientos elitistas, ni ritos o privilegios que pueda agenciarme. Mi pragmatismo me impulsa a conseguir resultados inmediatos, pero el Reino no se deja engañar ni sobornar. Estoy muy ocupado y dispongo de poco tiempo, pero el llamado de Dios no tiene una fila VIP.

La puerta al Reino requiere un cuerpo ágil para acercarse al otro, sin temor a maltratarse por el servicio sacrificado y asiduo a los demás. Pide un corazón humilde y presto a llegar al alejado, al necesitado de perdón y al que sufre.

La puerta estrecha nos dejará pasar cuando nuestro ser se parezca de tal modo a Jesús que se identifique con Él, la verdadera puerta. Quien se parezca a Él, ya tiene un pie dentro del Reino. Hay bautizados parecidos a Jesús, y no bautizados también, como lo recuerda Mateo 25.

Tocar a la puerta, ver que se abre y toparse con la sonrisa del otro lado que invita a pasar, nos hará sentir que el Reino es regalo y, a la vez, fruto nuestro.


REUNIRÉ A LAS NACIONES
      (Is 66, 18-21)
Reuniré a las naciones,
-oráculo del Señor-,
las trataré con amor
y aplacaré sus pasiones.
Yo solo tengo intenciones
de redimir la maldad.
Grande es mi fidelidad,
mi compasión bien sincera,
y mi corazón quisiera
ver al mundo en unidad


Todos los seres humanos
juntaré en mi Monte Santo,
me alabarán con su canto
y serán todos hermanos.
Las ofrendas de sus manos
subirán al monte Sión.
Yo daré mi bendición
a judíos y extranjeros,
peregrinos y viajeros
obtendrán la salvación.

Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 25 de octubre: XXX del Tiempo Ordinario

 

Mt 22,34-40

“...Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma…”.

Lunes:  Ef 4,32 al 5,8 / Sal 1 / Lc 13,10-17

“...la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía”.

Martes:   Ef 5,21-33 / 128 (127) / Lc 13,18-21

“Es semejante a un grano de mostaza…”.

Miércoles:  Ef 2,19-22 / Sal 19 (18) / Lc 6,12-19

“...escogió de entre ellos a doce…”.

Jueves:  Ef 6,10-20 / Sal 144 (143) / Lc 13,31-35

“...al tercer día mi obra quedará consumada”.

Viernes:   Fil 1,1-11 / Sal 111 (110) / Lc 14,1-6

“...tocando al enfermo, lo curó y lo despidió”.

Sábado:  Fil 1,18-26 / Sal 42 (41) / Lc 14,1.7-11

“...el que se humilla será enaltecido”.

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