Lc-24 46-531
La fiesta de la Ascensión es un elemento esencial del misterio de la Pascua. Marca un final y un comienzo en la experiencia de la primera comunidad de Jesús. Es el final de la convivencia directa de los apóstoles con el Maestro y el comienzo de una nueva relación con el Resucitado por medio de su Espíritu. Les toca a ellos ahora ser testigos de todo lo que han vivido con Jesús. Para dar ese testimonio van a necesitar “la fuerza que viene de lo alto”, la promesa del Padre acerca del envío del Espíritu Santo. Dentro de una semana celebraremos la festa de Pentecostés, otro elemento crucial de la experiencia pascual.

Aunque nos dice San Lucas que los discípulos regresaron a Jerusalén con gran alegría, este momento no está exento de tristeza y pesar. Hasta la Ascensión, ellos mantuvieron la esperanza de que, por fin, Jesús restaurara el Reino de Dios. Su obra no está terminada. Queda afuera un mundo hostil a su enseñanza. Los poderes que lo crucifcaron están ahí, llenos de odio y de malicia. Si necesitan la fuerza de lo alto es porque todavía están atrapados entre la fe y la duda, entre la debilidad y la fortaleza.


Entonces, ¿de dónde viene la alegría que ellos experimentan en el regreso a Jerusalén? En primer lugar, de la seguridad y la confanza en las palabras de Jesús. No verán a Jesús físicamente como en el tiempo que convivieron y trabajaron juntos. Pero en los días que han pasado desde su muerte y resurrección han experimentado una nueva manera de presencia. Al vivir el terrible desengaño de la Pasión, el amargo sabor del fracaso, el desplome de tantos sueños y tantas expectativas, han experimentado también el “oficio de consolar” que trae Jesús (expresión de San Ignacio en sus Ejercicios Espirituales).

La segunda fuente de la alegría la encuentran en el renovado sentido de misión. Les toca ahora ser testigos. Mostrar con sus palabras y sobre todo con sus hechos la verdad sobre Jesús. No solamente van a hablar
sobre Jesús, sino que Jesús tomará sus palabras, les dará una eficacia y un poder que no viene de ellos, aunque tengan sus acentos y su marca personal.

En estos días previos a la celebración de Pentecostés, también nosotros tenemos que encontrar nuestro Cenáculo. Esperar con María que venga sobre nosotros la fuerza de lo alto.


ASCENSIÓN DEL SEÑOR
      (Hch 1, 1-11)

Hoy Cristo sube hasta el cielo
como el Padre ha establecido,
y su diestra ha bendecido
a los vivientes del suelo.
Se cumplirá así el anhelo
del creyente que lo aclama.
Con sus cantos hoy proclama
que su Espíritu descienda,
y el corazón nos encienda
con el Amor de su llama.


Jesús, con su autoridad,
nos envía al mundo entero
con su mensaje primero:
practicar la caridad.
Vivir la fraternidad
es ideal del cristiano
que se acerca al ser humano
como profeta y testigo,
que se convierte en amigo,
y ama a todos como hermano.

Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 11 de agosto: XIX del Tiempo Ordinario

 

Lc 12,32-48

“...donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”.

Lunes: Dt 10,12-22 / Sal 147 (146-147) / Mt 17,22-27

“...Entonces los hijos no pagan”.

Martes:  Dt 31,1-8 / Interlec. Dt 32,3-12 / Mt 18,1-5.10.12-14

“...ésta le dará más alegría...”.

Miércoles:  Dt 34,1-12 / Sal 66 (65) / Mt 18,15-20

“...allí estoy yo, en medio de ellos”.

Jueves: Solemnidad de la Asunción de la Virgen María
Ap 11,19a;12,1.3-6a.10ab / Sal 45 (44) / 1 Co 15,20-27a / Lc 1,39-56

“...iBendita tú eres entre las mujeres...”.

Viernes:  Js 24,1-13 / 136 (135) / Mt 19,3-12

“...lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.

Sábado: Js 24,14-29 / Sal 16 (15) / Mt 19,13-15

“...no les impidan que vengan a mí...”.

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