Jn8 1-11A lo largo de su vida pública, Jesús tuvo que tomar posición frente a las autoridades religiosas (fariseos, maestros de la Ley, Sanedrín). Los enfrentamientos, casi en su totalidad, tuvieron que ver con la interpretación y el cumplimiento de la Ley, el instrumento sagrado de los judíos para el manejo de la relación con Dios.

Jesús se había atrevido a situarse con libertad ante la Ley. Nunca la menospreció.
Miró siempre con corazón de hijo una Ley que había surgido en un contexto de
libertad, que había querido ser el código de un pueblo adoptado por Dios en justicia y solidaridad.

Nada le duele más a Jesús que la manipulación de la Ley. Dada por Dios para salvaguardar la dignidad de la persona humana en su relación de obediencia filial, la Ley ha sido convertida en instrumento para la dominación de las personas por el temor.

En la escena del evangelio de hoy, los fariseos, apoyados por la letra de la Ley en una situación aparentemente cerrada a toda discusión, presentan a Jesús una pregunta cargada de veneno y de malicia.

Maestro, aquí hay flagrante adulterio. La Ley manda apedrear. Tú, ¿qué dices? La letra de la Ley no deja alternativas.Pero Jesús es Señor también de la Ley y tiene acceso directo al espíritu y al corazón de la Ley, que no es otro que el corazón del Padre rico en misericordia. ¿Qué dices, Jesús?

Jesús no “dice” nada de palabra. Inclinado, escribe con el dedo en el suelo. No sabemos el contenido. Cuando lo presionan, no responde directamente a la pregunta. Devuelve a los letrados y fariseos el reto de mirar a la mujer como hermana y compañera en el pecado y la fragilidad. Necesitada, como ellos, de la misericordia del Padre: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”. La piedra es lo que manda la Ley. ¿Pueden ustedes tirar la piedra sin que les tiemble la mano, sin sentir que también ustedes son merecedores de piedras?

A ustedes no les digo más nada. A ella le digo que no la condeno. Que no peque más. A todo el mundo le digo que mi Padre es más grande que la Ley y su amor misericordioso más exigente que el temor provocado por las piedras.

POR MARES Y DESIERTOS
      (Is 43, 16-21)

El Señor, compadecido
ante el mal y el desconcierto,
un camino en el desierto
abrió a su pueblo elegido.
Sin ejército fornido
alcanzó Dios la victoria
en esa feliz historia
que cuenta el Libro Sagrado,
cuando el mar fue separado
para mostrarnos su gloria.


Dios dirige nuestros pasos
por los desiertos y mares,
nos corrige los andares
cuando sufrimos fracasos.
Nos protege de rechazos
para cambiar nuestra suerte.
Frente al pecado y la muerte,
nos da la alegre esperanza
de vivir en confianza
porque su amor es más fuerte.

Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 11 de agosto: XIX del Tiempo Ordinario

 

Lc 12,32-48

“...donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”.

Lunes: Dt 10,12-22 / Sal 147 (146-147) / Mt 17,22-27

“...Entonces los hijos no pagan”.

Martes:  Dt 31,1-8 / Interlec. Dt 32,3-12 / Mt 18,1-5.10.12-14

“...ésta le dará más alegría...”.

Miércoles:  Dt 34,1-12 / Sal 66 (65) / Mt 18,15-20

“...allí estoy yo, en medio de ellos”.

Jueves: Solemnidad de la Asunción de la Virgen María
Ap 11,19a;12,1.3-6a.10ab / Sal 45 (44) / 1 Co 15,20-27a / Lc 1,39-56

“...iBendita tú eres entre las mujeres...”.

Viernes:  Js 24,1-13 / 136 (135) / Mt 19,3-12

“...lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”.

Sábado: Js 24,14-29 / Sal 16 (15) / Mt 19,13-15

“...no les impidan que vengan a mí...”.

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