juanBautistaWebLucas presenta la infancia de Jesús en los capítulos 1 y 2 de su evangelio. La concepción y nacimiento de Juan Bautista se encuentran también allí. Al pasar al capítulo tercero, que leemos hoy, el evangelista nos hace saltar dos décadas más tarde. Juan ya se halla preparando los caminos del Señor, aunque del Jesús adulto aún no sabemos nada.

El texto abre con un mapa político y religioso. Aparecen las figuras que se repartían el poder hacia la tercera década del siglo I: Tiberio, emperador en Roma; Poncio Pilatos, gobernador en Judea; y los hijos de Herodes el Grande, reyezuelos que saborean las migajas de poder que su padre les repartiera. Alejándose de esas magnitudes mundanas, Lucas nos abre paso hasta Juan Bautista para ubicarlo, no en la Fortaleza Antonia, ni en el templo de Jerusalén, sino en un escenario insólito: en el desierto que abraza al río Jordán; allí Dios habla al Precursor y este, con unos pocos discípulos, urge a sus oyentes a cambiar de vida, a preparar la venida del Señor.

Cambiar es buscar el perdón de Dios y acogerlo para producir frutos de una vida diferente. Con el bautizo de agua, Juan expresa la iniciativa de Dios que viene a su pueblo a pesar de sus pecados y anima a Israel, necesitado de purificación, a darle respuesta. Los pecadores se hunden en el agua arrastrando consigo su mala vida anterior y resurgen para recibir la salvación que se anuncia.

Juan hace de la profecía de Isaías 40 su sermón. No para transformar el paisaje agreste ante la cercanía de Dios, sino para cambiar el corazón humano, para provocar el vuelco de las vidas de quienes han dejado la gran ciudad, llena de poder, de riqueza e injusticia, para encontrarse ahora, mojados y zarandeados por la palabra del profeta, con Dios. Sienten la urgencia de librarse del pecado para reencontrarse, regenerados y reorientados, con el Dios que llega definitivamente.

Juan transmite la fuerza de una dimensión de la existencia que llevamos en modo apagado o vacilante: la esperanza. Esperar a aquel que ansiamos ver nos da energía para arrancarnos de la rutina, de los prejuicios y holgazanerías que nos amarran a un presente repetitivo. Esperar es confiar en el que viene a mí y a mi pueblo y salir a su encuentro. Adviento es esperanza. Es anticipar febrilmente y encaminados el gozo de una vida nueva.

ESPLENDORES DE SIÓN
(Baruc 5, 1-9)

 Dios reviste de esplendores
a la montaña de Sión:
luce la paz como don
en su diadema de amores.
Se acabaron los temores
de mujer abandonada.
Jerusalén es amada
por la piedad y justicia
con que Dios la beneficia
desde que fuera fundada.

 Si allí reúne a la gente
y la guía en sus andares,
no cesarán los cantares
festivos en Occidente.
Nacerá el Sol en Oriente
y no veremos su ocaso.
Marcharemos a su paso
y seremos conducidos
como hijos muy queridos
hasta el cielo, sin retraso.

   Hno. Jesús Bayo, fms

Ora con la Palabra

 

Domingo 9 de diciembre: II de Adviento

 

Lc 3,1-6

“Todo mortal entonces verá la salvación de Dios”.

Lunes:  Is 35,1-10 / Sal 85 (84) / Lc 5,17-26

“...Hoy hemos visto cosas increíbles”.

Martes:  Is 40,1-11 / Sal 96 (95) / Mt 18,12-14

“...no quieren que se pierda ni tan solo uno de estos...”.

Miércoles:  Nuestra Señora de Guadalupe Zc 2,14-17 / Sal 96 (95) / Lc 1,39-45

“¡Dichosa tú por haber creído...”.

Jueves:  Is 41,13-20 / Sal 145 (144) / Mt 11,11-15

“El que tenga oídos para oír, que lo escuche”.

Viernes:  Is 48,17-19 / Sal 1 / Mt 11,16-19

“...la Sabiduría de Dios no se equivoca en sus obras”.

Sábado:  Eclo 48,1-4.9-11 / Sal 80 (79) / Mt 17,10-13

“...harán sufrir al Hijo del Hombre”.

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