misaParaDifuntosWebAnte la Conmemoración de los Fieles Difuntos surgen algunas interrogantes: ¿Por qué ofrecemos misas por los difuntos? Sin la intención o misa, ¿logran la paz y el descanso en Dios los seres queridos y familiares que han partido de esta existencia terrenal?

Esta conmemoración de los difuntos tiene un gran arraigo en nuestra América. Es uno de los días en que podemos encontrar una asistencia masiva a la Eucaristía, lo cual nos hace ver el valor que tiene para la religiosidad popular. Ante esta situación, es válido mirar el sentido que tiene la práctica de ofrecer la misa por los difuntos, algo común en nuestra Iglesia cubana.

Mirar como un hecho exclusivo de la religiosidad popular cubana la práctica de ofrecer misas como único medio para que los difuntos alcancen la salvación no es tan cierto. Primero, es algo que se da en nuestra Iglesia latinoamericana en su conjunto; segundo, es fruto de un proceso catequético con serias deficiencias en el que se privilegió la masificación más que la formación sólida que parta desde las necesidades de los fieles.

Debemos recordar la imagen de Iglesia peregrina, mirándonos como viajeros de un mundo en el que Dios camina junto a nosotros, pero tendemos a una realidad más grande que solo es posible en la fe de Cristo Resucitado, desde la cual apostamos porque el Señor nos recibirá en su regazo. Así, pues, las oraciones e intenciones por los difuntos son un medio válido y real en la Iglesia que también nos ponen en comunión. Una comunión que se manifiesta en la oración eficaz que poseen aquellos que ya han muerto porque comparten la vida en Cristo. Esta vivencia tan hermosa se convierte en un error cuando creemos que es condición necesaria y único fin para lograr la salvación de los fieles difuntos, desvirtuando la grandeza y la belleza de la esperanza cristiana.

La misa por los difuntos es una práctica que promueve la Iglesia como un medio para implorar el perdón de los pecados. En cuanto tal, manifiesta –mirando las cosas desde la antropología- el afecto y el arraigo/vínculo con y por nuestros seres queridos. Sin embargo, hay que evitar caer en el error de anular la grandeza de la misericordia de Dios, que es quien realmente por su gracia nos concede el perdón y la salvación. Es su amor el que nos mueve al Reino de los Cielos y nos adentra en él.

La muerte no es silencio, es palabra fuerte que nos abre a la grandeza de la misericordia de Dios. No es ausencia, es presencia real en Dios para aquellos que confesamos que Cristo ha muerto y resucitado. Es vida, Palabra, camino, fuerza, esperanza… En definitiva, es una realidad tan grande que nos envuelve y nos desborda de alegría y esperanza.

Ora con la Palabra

 

Domingo 3 de febrero: IV Ordinario

 

Lc 4,21-30

“...Ningún profeta es bien recibido en su patria”.

Lunes:  Hb 11,32-40 / Sal 31 (30) / Mc 5,1-20

“...cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo...”.

Martes:  Hb 12,1-4 / Sal 22 (21) / Mc 5,21-43

“...Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz...”.

Miércoles:  Hb 12,4-7.11-15 / Sal 103 (102) / Mc 6,1-6

“Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer”

Jueves:  Hb 12,18-19.21-24 / Sal 48 (47) / Mc 6,7-13

“Fueron (...) a predicar, invitando a la conversión”.

Viernes:  Hb 13,1-8 / Sal 27 (26) / Mc 6,14-29

“Ordenó (...) que le trajera la cabeza de Juan”.

Sábado:  Hb 13,15-17.20-21 / Sal 23 (22) / Mc 6,30-34

“...estaban como ovejas sin pastor”.

Otras noticias

 

Suscripción al boletín