mambisesWebReflexionar sobre la presencia de María de la Caridad en el devenir de nuestra historia siempre es reconfortante para todo cubano; de modo especial en las guerras de independencia entre 1868 y 1898. Si bien es cierto que la devoción mariana se había extendido en los siglos XVIII y XIX al Centro y luego con menor fuerza al Occidente del País, fue con las guerras y sus procesos de movilidad poblacional (el intento de invasión a Occidente de 1875-1876, el fortalecimiento de la diáspora, la victoriosa invasión a Occidente de 1895, etc.) cuando los signos de vigor popular cobraron mayor impulso.

En los libros y folletos escritos sobre la devoción a la Virgen se observan numerosas muestras de afecto de nuestros mambises, entre ellos, Carlos M. de Cespédes, Donato Mármol, Antonio Maceo, Calixto García; aunque es real que la mayoría de los próceres eran masones y reacios a la Iglesia, debido al papel antindependentista de la institución, sus estrechos lazos con el poder español y la escasa presencia del clero cubano e independentista que desde la guerra de 1868 había sido obligado a emigrar.

Tanto fue el odio del poder colonial español a nuestra causa libertadora, que se trató de sustituir la piedad popular a la Virgen de la Caridad por otras advocaciones más castizas y carentes de nexos con la historia insular como la Covadonga o los Desamparados. En cambio, el pueblo cubano que colaboraba con la guerra o presente en el campo insurrecto, siempre creyó ver a la Madre de Dios con su rostro mestizo cabalgando en el campo de batalla separatista y protegiendo a las huestes insurrectas de todo peligro.

Infinitas fueron las promesas, las medallas y cintas con las medidas de la Virgen que se hicieron y portaron en la manigua. María de la Caridad del Cobre fue, es y será la Patrona de Cuba, porque nos presenta a su hijo Jesús. Ella nos dio, da y dará el consuelo en cada momento de crisis que ha vivido esta nación, como lo hizo con aquellos mambises victoriosos y agotados por los años de dura contienda que los estadounidenses no dejaron entrar en Santiago de Cuba. Ellos, entonces, fueron a celebrar su victoria con Ella, presentándole sus gozos y fatigas en el Cobre. Porque ahí ella nos acogió, acoge y acogerá pensemos como pensemos, estemos donde estemos.

La historia es sabia y tiene su vericuetos; por eso, este humilde escritor cree que la Proclamación Vaticana del 10 de mayo de 1916, tardía sin dudas y marcada por cierta finalidad política para resarcir el pasado antindependentista de la Iglesia, no aportó nada nuevo por una sencilla razón: desde hacía varios siglos, el pueblo cubano desde su diversidad de ritos, miradas, formas, pero desde un solo corazón confiaba sus lágrimas, esperanzas y sueños a su Cachita; a quien miró, mira y mirará siempre como su madre.

Ora con la Palabra

 

Domingo 3 de febrero: IV Ordinario

 

Lc 4,21-30

“...Ningún profeta es bien recibido en su patria”.

Lunes:  Hb 11,32-40 / Sal 31 (30) / Mc 5,1-20

“...cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo...”.

Martes:  Hb 12,1-4 / Sal 22 (21) / Mc 5,21-43

“...Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz...”.

Miércoles:  Hb 12,4-7.11-15 / Sal 103 (102) / Mc 6,1-6

“Jesús se admiraba de cómo se negaban a creer”

Jueves:  Hb 12,18-19.21-24 / Sal 48 (47) / Mc 6,7-13

“Fueron (...) a predicar, invitando a la conversión”.

Viernes:  Hb 13,1-8 / Sal 27 (26) / Mc 6,14-29

“Ordenó (...) que le trajera la cabeza de Juan”.

Sábado:  Hb 13,15-17.20-21 / Sal 23 (22) / Mc 6,30-34

“...estaban como ovejas sin pastor”.

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