alfaYOmegaWebLa vida de las personas y de las sociedades humanas, al igual que los árboles de un bosque, tienen raíces ancladas en la tierra y en la historia. Todo grupo humano tiene un pasado y un presente, mirando hacia el futuro con tensión escatológica. Por eso, las plegarias eucarísticas no se quedan sólo mirando el presente, sino que se refieren a la historia de salvación que se proyecta en el futuro. Nuestra alabanza tiene sus cimientos en la historia de salvación divina y nuestra súplica, conocedora del pasado, mira al presente y se proyecta hacia el futuro.

La narración de las maravillas divinas forma parte de las plegarias eucarísticas. Dios conoce todo lo que ha hecho para salvar a los seres humanos y no tiene necesidad de que se lo estemos recordando continuamente. Sin embargo, nos hace bien recordarlo y decirlo cuando celebramos la eucaristía. Al narrar las acciones del Señor y agradecer su misericordia, nos disponemos a formular la humilde súplica y la petición. Después de alabar a Dios con el canto del Sanctus y reconocer su santidad, se narran las maravillas de Dios en la historia.

Se reconoce la alianza de Dios con su pueblo y es particularmente expresiva la narración del misterio de la encarnación, de la institución de la eucaristía y de la pascua, que se refieren a la nueva alianza. Cuando relatamos las maravillas de Dios. nos disponemos a pedir que el Espíritu Santo transforme los dones que ofrecemos y nos transforme también a nosotros para que podamos gozar de la eterna bienaventuranza. Todas las plegarias eucarísticas tienen este esquema. Por ejemplo, la Plegaria IV dice: "En verdad es justo darte gracias... porque tú solo eres bueno y fuente de la vida... Te alabamos, Padre santo, porque eres grande y porque hiciste todas las cosas con sabiduría y amor. Cuando por desobediencia, el hombre (creado a tu imagen), perdió tu amistad, no lo abandonaste al poder de la muerte, sino que, compadecido, tendiste la mano a todos, para que te encuentre el que te busca. Reiteraste, además, tu alianza a los hombres... Tanto amaste al mundo... que nos enviaste como salvador a tu único Hijo... Él mismo se entregó a la muerte... y nos dio nueva vida... y envió al Espíritu Santo... llevando a la plenitud su obra en el mundo".

La profundidad de esta historia de salvación es magnífica. La narración de esta historia tiene que suscitar en nosotros una gran alegría porque estas son nuestras raíces. Estamos anclados en la misericordia de Dios y en la alianza fiel e irrevocable de Dios con su pueblo. Él nunca nos ha fallado; en su Hijo Jesucristo ha culminado la historia que nos gozamos en confesar, creer y proclamar, para nunca dejar de agradecer y de alabar su grandeza admirable y su amor. Es una gran historia para contar y agradecer.

Ora con la Palabra

 

Domingo 20 de octubre: XXIX del Tiempo Ordinario

 

Lc 18,1-8

“Yo les aseguro que les hará justicia...”.

Lunes: Rm 4,20-25 / Interl. Lc 1,69-75 / Lc 12,13-21

“...Eviten (…) toda clase de codicia...”.

Martes:  Rm 5,12.15b.17-19.20b-21 / Sal 40 (39) / Lc 12,35-38

“...¡felices esos sirvientes!”.

Miércoles:  Rm 6,12-18 / Sal 124 (123) Lc 12,39-48

“...llegará a la hora que menos esperan”.

Jueves:  Rm 6,19-23 / Sal 1 / Lc 12,49-53

“...más bien he venido a traer división”.

Viernes:  Rm 7,18-25a / Sal 119 (118) / Lc 12,54-59

“...no saldrás de allí...”.

Sábado: Rm 8,1-11 / Sal 24 (23) / Lc 13,1-9

“Puede ser que así dé fruto...”.

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