Confesarse no es ir a una lavandería para que te quiten una mancha, confesarse es ir al encuentro del Padre que reconcilia, que perdona y que hace fiesta. Con esta frase el papa Francisco explicó, en una de sus homilías diarias, el núcleo del sacramento de la reconciliación que muchas veces se celebra de forma mecánica. Dios perdona siempre, no se cansa de perdonar – aseguró el Papa – nosotros somos los que nos cansamos de pedir perdón.el-sacramento-de-la-alegria


Cuando nuestra fragilidad humana nos lleva por caminos de sombras y muerte, se hace urgente volver a la fuente de la misericordia para que nuestro corazón y nuestra vida recobre su horizonte. Esto no es una simple rutina que se repite cada cierto tiempo para tener en paz la conciencia, ni tampoco un purgante desagradable que necesariamente se deba tragar. La confesión es ante todo un encuentro donde la calidez humana, la escucha compasiva y la posibilidad de recomenzar, son signos de cómo nos trata Dios.

El amor desbordante que el Padre nos regala no anula nuestra responsabilidad frente al mal que cometemos, sino que nos hace capaces de vencerlo a fuerza de bien. La reconciliación, como el amor, es cosa de dos. Se da y se recibe. Si de nuestra parte no caminamos hacia la conversión personal, echaremos en saco roto los dones que hemos recibido.

La reconciliación adquiere su expresividad más honda frente a Dios y los hermanos durante las celebraciones comunitarias del sacramento. En ellas, todos, como miembros de una sola familia, nos reconocemos vulnerables y necesitados de una nueva oportunidad. Cuando el pecador perdonado es readmitido al banquete eucarístico se repiten aquellas comidas de fiesta que Jesús celebró con publicanos y pecadores.

La confesión no es un ajuste de cuentas en un rincón oscuro al final del templo, sino el sacramento de la alegría y el anticipo del triunfo final del amor sobre todo egoísmo y toda maldad.

Ora con la Palabra

 

Domingo 15 de septiembre: XXIV del Tiempo Ordinario

 

Lc 15,1-32

“...estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”

Lunes: 1 Tim 2,1-8 / Sal 28 (27) / Lc 7,1-10

“...ni siquiera en Israel he hallado una fe tan grande”.

Martes:  1 Tim 3,1-13 / Sal 101 (100) / Lc 7,11-17

“...Es un gran profeta el que nos ha llegado”.

Miércoles:  1 Tim 3,14-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,31-35

“...la reconocen en su manera de actuar”.

Jueves:  1 Tim 4,12-16 / Sal 111 (110) / Lc 7,36-50

“...Tu fe te ha salvado, vete en paz”.

Viernes:  1 Tim 6,2c-12 / Sal 49 (48) / Lc 8,1-13

“...ustedes tienen oídos para oír”.

Sábado: Ef 4,1-7.11-13 / Sal 19 (18) / Mt 9,9-13

“...Me gusta la misericordia más que las ofrendas”.

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