sacramentoWebEn la fiesta de Corpus Christi, y en cada eucaristía, Jesús se nos regala como pan compartido. Nos nutre el cuerpo y el alma con un mismo gesto.

Y cuando comulgamos, su cuerpo vivifica el nuestro. Como Iglesia, nosotros mismos nos transformamos en el cuerpo místico de Cristo, su presencia real en el mundo.

Por eso Jesús nos invita a hacer lo mismo en memoria de Él. No a representar su gesto teatralmente, sino a hacernos presentes a ese gesto, para vivir todo lo que está condensado en él: "ámense como yo los he amado".

¿Qué quiere decir eso para nosotros como cristianos, llamados a ser la encarnación de Jesucristo en el tiempo y el lugar que nos toca vivir? ¿Cómo hacemos para responder al hambre y al sin-sentido que nos rodean?.

A veces pareciera imposible, como pensaron los discípulos. O arriesgado, como lo fue para Jesús.

Pero el Evangelio de hoy nos recuerda que cuando respondemos a la infinita exigencia de los rostros que nos rodean, ahí es que se manifiesta y se renueva la infinita promesa de Dios.

Cuando no nos resignamos a la situación, sino que dejamos que el sufrimiento del prójimo nos conmueva y nos mueva a darlo todo, Dios se encarga de que no falte nada.

El Corpus Christi es una fiesta sagrada, pero no nos permite quedarnos en las nubes. En algo tan concreto como el pan de cada día, en algo tan profano como el hambre, ahí es que Jesús nos enseña a buscar su respuesta a nuestros anhelos más profundos.

Esa respuesta, material y espiritual al mismo tiempo, nos fortalece para que podamos dar la nuestra. Pues no le cabe al cristiano quedarse conforme con recibir la comunión, sino que la recibe para renovarse en el amor y el servicio a los demás.

En fin, el Corpus Christi no solo nos remite a la última cena, sino a toda la historia de nuestra salvación. Jesús, el Hijo de Dios, se acercó y asumió nuestra humanidad.

Pasó haciendo el bien, anunciando la Buena Noticia a los pobres. Y cuando le llegó el momento, murió como había vivido, y por eso Dios lo resucitó. Venció la violencia con el amor.

Por eso nos dice tanto ese pedacito de pan, con ese sorbito de vino. Nos dice que en medio de tantos problemas, y de tanto egoísmo y de tantas heridas, es posible vivir de otra manera.

Podemos bajar la guardia y ofrecer un abrazo. Podemos atrevernos a ser generosos.

Podemos hacer eso y más, sin miedo, porque Alguien ya tomó la iniciativa por nosotros. De eso somos testigos, en la eucaristía y en la vida.

Ora con la Palabra

 

Domingo 7 de junio: Solemnidad de la Santísima Trinidad

 

Jn 3,16-18

“Le dio al Hijo Único, para que quien cree en Él no se pierda...”

Lunes:  1 R 17,1-6 / Sal 121 (120) / Mt 5,1-12

“Felices los de corazón limpio...”.

Martes:  1 R 17,7-16 / Sal 4 / Mt 5,13-16

“Ustedes son la luz del mundo...”.

Miércoles:  1 R 18,20-39 / Sal 16 (15) / Mt 5,17-19

“...será grande en el Reino de los Cielos...”.

Jueves:  Hch 11,21b-26;13,1-3 / Sal 98 (97) / Mt 10,7-13

“iEl Reino de los Cielos está ahora cerca!”.

Viernes:  1 R 19,9a.11-16 / Sal 27 (26) / Mt 5,27-32

“...No cometerás adulterio”.

Sábado:  1 R 19,19-21 / Sal 16 (15) / Mt 5,33-37

“Digan sí cuando es sí, y no cuando es no...”

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