Asuncion-de-María
El 15 de agosto celebramos la fiesta de la Asunción de María. Esta fiesta tiene una larga tradición que se remonta en las Iglesias orientales al siglo VI y en la Iglesia de Occidente al siglo VII. Su origen es oscuro,  pero parte de la certeza de que María participa de la totalidad de la gracia de la salvación alcanzada para la humanidad por su hijo Jesús.

El primero de noviembre de 1950 el Papa Pío XII proclama, después de haber consultado a los obispos de todo el mundo, el dogma de la Asunción de María. El núcleo dogmático de la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus reza así: “Proclamamos, declaramos y definimos que es dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre,  fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial” (DH 3903).

En la definición dogmática, no se trata de agotar el misterio, sino de indicar el espacio en el que se mueve la verdad de la fe. La definición nos dice, ante todo, que María fue asunta en la gloria celestial, es decir, que vive de la vida misma de Dios. La santidad se da en la relación con Jesucristo. La presencia de María en cuerpo y alma, es decir, en la totalidad de su persona, surge entonces de su relación especial con su Hijo, a partir de su sí a la Encarnación (Lc 1,38), hasta la cruz (Jn 19,25-27) y más allá, como creyente orante que espera junto a los Apóstoles al Espíritu Santo (Hch 1,14). María es completamente transformada por la relación con su hijo y esa relación es mantenida y glorificada después de su vida terrestre.Es así la primera redimida. En María tiene, además, la Iglesia un miembro suyo en la consumación de la creación que está destinada a todos.

El dogma no dice que María no haya muerto. Tampoco dice que María sea la única que participe de esta manera especial ya de la vida de Dios (cf. Mt 27,52). Lo que hace es confirmar lo que la fe siempre ha intuido: que María, en su relación con Jesús, ha alcanzado un puesto único en la presencia de Dios. Por esa intensidad de relación, María, como Madre de la Iglesia, intercede eficazmente por todos.

María se presenta así como modelo y esperanza para nosotros. Esta fiesta de la Asunción es una celebración de María como mujer creyente y de la Iglesia, que en María ve reflejado lo mejor de sí. María nos muestra qué ocurre con nuestra vida cuando tiene en su centro a Jesucristo: toda ella es transformada por Él y esa transformación continúa más allá de su fin. En palabras de Jesús: “Quien oye mi palabra y cree a quien me envió, tiene vida eterna y no es sometido a juicio, sino que ha pasado de la muerte a la vida.” (Jn 5,24)

Ora con la Palabra

 

Domingo 8 de diciembre: II de Adviento

 

Mt 3,1-12

“...después de mí viene uno con más poder que yo...”.

Lunes: Inmaculada Concepción de la Stma. Virgen María 
Gn 3,9-15.20 / Sal 98 (97) / Ef 1,3-6.11-12 / Lc 1,26-38

“...Alégrate, llena de gracia...”.

Martes:  Is 40,1-11 / Sal 96 (95) / Mt 18,12-14

“...no quieren que se pierda ni tan solo uno...”.

Miércoles:  Is 40,25-31 / Sal 103 (102) / Mt 11,28-30

“...mi yugo es suave y mi carga liviana”.

Jueves: Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América 
Eclo o Sir 24,23-31 / Sal 67 (66) / Lc 1,39-45

“...¡Bendita tú eres entre las mujeres...!”.

Viernes:  Is 48,17-19 / Sal 1 / Mt 11,16-19

“...la sabiduría de Dios no se equivoca...”.

Sábado:  Eclo o Sir 48,1-4.9-11 / Sal 80 (79) / Mt 17,10-13

“...harán sufrir al Hijo del Hombre”.

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