Resurrección
Sin duda alguna celebramos con alegría estos días de Pascua. El Señor ha pasado de la muerte a la vida. Después de haber contemplado con tristeza su Pasión, sus sufrimientos, es un verdadero alivio verlo de nuevo lleno de vida, de potencia, de futuro. El corazón del cristiano siente alivio por Él y alivio por sí mismo. Lo contemplamos antes sufriente, ahora, como Señor de la vida.

Lo vimos ensangrentado, adolorido, paciente, abusado, despreciado. Y lo peor de todo: simplemente derrotado. La Verdad misma silenciada, el Amor más puro ridiculizado; igual que nosotros, tantas veces derrotados por la vida, por los pecados propios o ajenos.

Ahora Jesús está para siempre sereno, triunfante, pero al estilo del Padre; sin humillaciones propias ni ajenas. Su triunfo genera vida en los muertos por el pecado; la conversión de corazón arranca de las garras del abismo a los mismos que lo asesinaron. Fuerza del hombre unida sustancialmente a la fuerza de Dios...Milagro de que hay futuro para Él, y para nosotros, cuando todo parecía perdido.
Hay esperanza, no se ha puesto punto final a la historia.

La Resurrección del Señor nos abre la puerta a un nuevo modo humano de vivir. Nos costará trabajo y un esfuerzo sostenido conseguirlo, pero es parte de nuestra experiencia.

Con la fuerza y el Espíritu del Resucitado, poco a poco podremos ver al amor vencer al odio, al sencillo vencer al soberbio. Primeramente, en nosotros mismos, después en el prójimo, hasta llegar a un mundo progresivamente mejor y nuevo. Jesús es la primicia, el primero. Nosotros, entonces, en Él para siempre.
No solo en las relaciones interpersonales, sino en toda la realidad.

Abramos, pues, el corazón al don inefable que nuestro Padre nos da. El don por excelencia de su Espíritu, el Espíritu del Resucitado. Ahora estamos preparando juntos, con la gracia del Vencedor de la muerte, el Reino defnitivo que entregará al Padre en el momento oportuno. Entonces sí que estaremos contentos como leemos en este himno de vísperas:

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el Reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como la luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, solo entonces,
estaremos contentos.
Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo veamos claro y perfecto,
y sepamos que ha de durar,
sin pasión, sin aburrimiento,
entonces, solo entonces,
estaremos contentos.
Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el rey nos ame y nos mire,
para que nosotros lo amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, solo entonces,
estaremos contentos.
Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces -siempre, siempre-, entonces
seremos bien lo que seremos.

Ora con la Palabra

 

Domingo 10 de noviembre: XXXII del Tiempo Ordinario

 

Lc 20,27-38

“Él no es Dios de muertos, sino de vivos, y todos viven por Él”.

Lunes: Sb 1,1-7 / Sal 139 (138) / Lc 17,1-6

“...si se arrepiente, perdónalo”.

Martes:  Sb 2,23 al 3,9 / Sal 34 (33) / Lc 17,7-10

“...Somos servidores no necesarios...”.

Miércoles:  Sb 6,1-12 / Sa 82 (81) / Lc 17,11-19

“...Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.

Jueves:  Sb 7,22 al 8,1 / Sal 119 (118) / Lc 17,20-25

“...antes tiene que sufrir mucho y ser rechazado...”.

Viernes:  Sb 13,1-9 / Sal 19 (18) / Lc 17,26-37

“El que intente guardar su vida la perderá...”.

Sábado:  Sb 18,14-16; 19,6-9 / Sal 105 (104) / Lc 18,1-8

“...les hará justicia, y lo hará pronto”.

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